La universidad pública latinoamericana padece un «secuestro» cultural y narrativo evidente: la estandarización de una falsa paradoja —creada por colectivos radicalizados— que dictamina que pertenecer a las aulas financiadas por el Estado exige una militancia irrestricta en la izquierda política.
El chantaje moral ejecutado mediante el asambleísmo informal y la intimidación de masas pretende reducir el pensamiento crítico a un monólogo colectivista, forzando al estudiante a mimetizarse con un entorno que no lo representa para validar su presencia en él. Sin embargo, esta imposición carece de rigor y desnaturaliza el origen mismo de la educación superior.
Ignorar o desligar la génesis de las instituciones universitarias tiene como fin ocultar que la universidad occidental no nació como un epicentro de subversión, sino como una sofisticada arquitectura corporativa, legalista y funcional al desarrollo del libre mercado y la movilidad social fundamentada en el mérito, no en subvenciones por cuestiones de raza, género o afiliación política.
Ser de derecha en la universidad pública no es una contradicción; al contrario, es —en estricto sentido histórico— una reivindicación del propósito original de la academia frente al dogma que hoy intenta parasitarla.
La raíz histórica: la universidad como institución de orden, no de subversión
Las primeras universidades del mundo occidental surgieron entre los siglos XI y XIII no por iniciativas populares ni revolucionarias, sino por el impulso de tres actores principales de la élite medieval: la iglesia Católica, las monarquías y los gremios corporativos (universitates).
Las universidades medievales no brotaron en el vacío; fueron el resultado de una metamorfosis orgánica de las instituciones educativas de la Iglesia Católica que se venía gestando desde el Renacimiento carolingio (siglo VIII). De esta manera, las escuelas monásticas y catedralicias fueron las predecesoras directas de las universidades europeas. De hecho, antes de construir edificios propios, las primeras universidades solían albergarse en propiedades de la Iglesia (Haskins, 1923/2017). El espacio de la educación superior más importante de Occidente nació con una profunda esencia institucional, jerárquica y de preservación de la tradición, muy alejada de las lógicas de ruptura y asambleísmo informal.
Cuando la cantidad de estudiantes y maestros itinerantes provenientes de toda Europa desbordó la capacidad de las catedrales, el sistema evolucionó hacia una corporación autónoma: la universidad o Studium Generale. Sin embargo, los lazos físicos y jurídicos con la Iglesia no se rompieron: la comunidad universitaria estaba bajo el fuero eclesiástico (privilegium fori). Esto implicaba que, ante cualquier problema legal con las autoridades civiles del rey o de la ciudad, los estudiantes y profesores universitarios no podían ser juzgados por tribunales civiles, sino únicamente por la corte del Obispo, que solía ser mucho más benevolente.
Por su parte, las monarquías como la de Federico I Barbarroja en Bolonia y la de Alfonso IX de Salamanca fueron impulsoras y protectoras de las primeras universidades de forma estratégica. Berman Harold —reconocido jurista e historiador estadounidense— explica detalladamente en su obra La formación de la tradición jurídica occidental (1996)cómo el descubrimiento del Derecho Romano en Bolonia fue instrumentalizado por la monarquía, ya que este ofrecía un concepto favorable del poder centralizado y absoluto. Por su parte, Ridder-Symoens —historiadora y profesora universitaria belga— explica en A History of the University in Europe: Volume 1 (1991) cómo los reyes de Castilla y León —como Alfonso IX y Alfonso X— se dieron cuenta de que no podían gobernar un territorio en expansión usando el derecho informal de los señores feudales (1991). Por lo tanto, comprendieron que la universidad sería el espacio para consolidar una burocracia homogénea a través de leyes escritas y archivos históricos que sólo los académicos sabían manejar.
Como en los casos anteriores —en toda Europa— las monarquías encontraron en la comunidad universitaria un aliado para centralizar el poder del Estado, administrar justicia y redactar leyes para restarle peso a los señores feudales. La monarquía apoyó el desarrollo universitario por la necesidad de contar con profesionales capacitados en áreas gubernamentales, administrativas y legales.
La universidad no se desarrolló a través de la visión romántica y moderna del campus como un centro idílico de libre pensamiento. En realidad, la universidad medieval se condujo bajo la lógica práctica, económica y defensiva de los gremios corporativos. De hecho, la palabra universitas no tenía relación alguna con la palabra «universo» o la expresión «universalidad del conocimiento», sino que se refería a la totalidad de un grupo con existencia jurídica, ya fueran carpinteros, barberos, tejedores o estudiantes. En esencia, era un término general para una colectividad o cuerpo corporativo.
La universidad medieval como arquitecta del mercado y el capitalismo
Los estudiantes y maestros se organizaron en gremios por una necesidad de protección mutua y defensa de sus intereses frente a colectividades externas. Sin embargo, el objetivo del gremio universitario no era cambiar las leyes para todos, sino extraer derechos, libertades e inmunidades específicas para la práctica del oficio de sus miembros, como la exención de impuestos y del servicio militar (Haskins, 1923/2017). El gremio buscaba separarse de la sociedad general, no reformarla; no aspiraba a la crítica social, sino al progreso en la carrera profesional y al servicio a las estructuras de poder existentes.
Bajo ningún concepto se debe asociar la organización estudiantil en estas primeras universidades con ideas de subversión de las jerarquías de la sociedad, con fantasías de redistribución de la riqueza ni con motivaciones de «lucha de clases». El objeto de la organización estudiantil era la adquisición de privilegios estamentales, la defensa de su seguridad jurídica y el aseguramiento de un estatus superior en la pirámide social: el de los intelectuales.
Algunas ciudades como Bolonia, Padua y Montpellier eran demográfica y económicamente dependientes de la universidad. La llegada de miles de estudiantes extranjeros transformaba por completo el mercado local a través de transacciones en el sector inmobiliario, el comercio de alimentos, la industria del pergamino, el transporte y el entretenimiento (Hyde, 1973). De cierta forma, la universidad funcionaba como una gran multinacional y la agremiación estudiantil como guardián de las dinámicas de mercado.
Uno de los grandes aportes de la universidad medieval —especialmente la escuela de juristas de Bolonia— a la historia occidental fue la sistematización del derecho romano (Corpus Iuris Civilis). Este esfuerzo académico respondía a la necesidad de establecer normas en plena revolución comercial del siglo XII. A través del derecho romano, las corporaciones universitarias estructuraron conceptos fundamentales para el desarrollo del capitalismo moderno: la santidad de los contratos, la propiedad privada individual, el derecho de sociedades, la responsabilidad limitada y la regulación del crédito (Tigar, Levy y Grab, 1986). En cierta medida, el aula universitaria fue el laboratorio donde se diseñaron las «reglas de juego» que permitieron el florecimiento del mercado global.
Por otra parte, las corporaciones estudiantiles y de maestros operaban bajo un respeto absoluto por las dinámicas de la oferta y la demanda. Al defender sus rentas, exigir el cumplimiento de contratos de enseñanza y regular los precios de los abastos urbanos mediante tasadores racionales, la universidad medieval defendía la estabilidad del mercado frente a la arbitrariedad del soberano o el desorden de las turbas y agitadores.
El estudiante gremial medieval entendía que la preservación del orden económico y la acumulación de capital —financiero e intelectual— eran las únicas garantías para que su título universitario tuviera un retorno de inversión real en el mundo exterior. Esto contrasta con el discurso del estudiante universitario moderno —de izquierda radical— que busca sabotear el aparato productivo, justificar el vandalismo contra la infraestructura y promover discursos colectivistas que desprecian el mérito individual y el capital.
El origen de la universidad es profundamente institucional, legalista y funcional al desarrollo del capitalismo. El discurso anticapitalista es, por ende, una desnaturalización histórica de la institución universitaria.
La movilidad social: el efecto democratizador de la meritocracia
La movilidad social que permitió integrar en el sistema educativo a personas de origen humilde fue un «efecto democratizador» de un sistema de grados que valoraba el logro sobre el linaje.
Al ser la defensa de sus privilegios un propósito político y jurídico de los gremios universitarios, estos se vieron en la necesidad de mantener el alto valor de sus servicios limitando el caudal de los graduados a través de barreras formidables como los exámenes de graduación. En esencia, el gremio universitario no pretendía la «democratización» de la educación, sino su monopolización y elitización para garantizar el estatus de sus miembros (Weber, 2014/1922).
No obstante, para validar ese monopolio ante el mundo exterior, el gremio tenía que garantizar que sus miembros fueran realmente los más aptos. Así, por primera vez en la historia de Occidente, el estatus no era otorgado por razones «de sangre» ni por designación divina, sino que se adquiría mediante un proceso estandarizado de lectura y muestra de aptitudes en el exámen de grado. Este mecanismo introdujo una lógica revolucionaria en el seno de la educación superior al permitir que hijos de artesanos urbanos o de «campesinos libres» accedieran a la élite académica, en muchos casos con apoyo económico de mecenas eclesiásticos o de su propia comunidad (Verger, 2013).
En la Europa medieval, la movilidad social no fue una política de «bienestar social» ni el resultado de la «lucha social» de las clases obreras, sino una consecuencia de la necesidad que tenían el Estado y la Iglesia de contar con el mejor talento técnico. Uno de los actos más crueles de corrupción contra la juventud ocurre cuando el Estado contrata ciudadanos por razones distintas a la meritocracia. Cuando esto pasa, la movilidad social suele ser alterada en detrimento de los más pobres.
La sociedad medieval contó con cancilleres, cortesanos y ministros con origen «plebeyo» pero con credenciales universitarias. De esta forma, la universidad medieval inventó una «burguesía letrada». El sistema capitalista y del Estado premiaron el mérito técnico de los graduados convirtiendo a la universidad en la mayor rampa de movilidad social de la historia.
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Haskins, C.H. (2017). The rise of universities. Routledge. (Obra original publicada en 1923)
Berman, H. J. (1996). La formación de la tradición jurídica de Occidente. Fondo de Cultura Económica.
de Ridder-Symoens, H. (Ed.). (1991). A history of the university in Europe: Volume 1, Universities in the Middle Ages (Vol. 1). Cambridge University Press.
Hyde, J. K. (1973). Society and Politics in Medieval Italy. Springer.
Tigar, M. E., Levy, M. R., & Grab, N. (1986). El derecho y el ascenso del capitalismo. Editorial Siglo Veintiuno.
Weber, M. (2014). Economía y sociedad. Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1922).
Verger, J. (2013). Les universités au moyen âge. Presses universitaires de France.